Las Coplas de Jorge Manrique ilustradas por Antonio Santos: una mirada contemporánea



POR ANTONIO LÁZARO
Actualizado:23/02/2021 14:25h
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Ha sido recientemente presentada, y está disponible en todas las librerías, una preciosa edición ilustrada de las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique, obra cumbre de la poesía española y de la poesía sin más. Sabíamos de la imbatible atemporalidad de esta obra maestra pero ahora podemos comprobar su modernidad radical.

Nórdika, el sello editorial que publica esta novedosa y singular edición, se caracteriza por un catálogo donde destacan la elegancia, y un cierto toque cool, tanto en la selección de autores (en que predominan clásicos que podríamos llamar contemporáneos, singulares y fronterizos) como en el extremo cuidado de los aspectos materiales y formales: calidades de papel, tipografía, diseño, maquetación, encuadernación. Son libros que enriquecen una buena biblioteca, concebidos para el disfrute total del adicto a las letras.

Antonio Santos, pintor e ilustrador vinculado por familia a la potente saga plástica de los Grau Santos, viene desarrollando desde la ilustración un interesante diálogo a tres bandas: con obras emblemáticas de la literatura, con la pintura y con la escultura. Normalmente, sus diseños e ilustraciones se plasman en cuadros y maquetas tridimensionales que conectan sabia y ferazmente las páginas del libro con los recintos expositivos.

Portada del libro

Conozco a Antonio desde hace ya cuatro décadas, desde su larga etapa de arraigo en Cuenca, esa ciudad acantilado que tan bien supo plasmar en sus cuadros de entonces. La vida parece en ocasiones tratarnos como pelotas de pinpón pero la mudable Fortuna, o acaso un destino llamado Jorge Manrique, nos reunió hace un par de años. Con sumo gusto, hice de cicerone del triángulo manriqueño y, entre otros amigos, tuve el placer de compartir con él la visita a Castillo de Garcimuñoz (lanzada), Santa María del Campo Rus (agonía) y Uclés (sepelio), los escenarios de la muerte del poeta. Naturalmente, aquella fue, como toda jornada manriqueña, una celebración de la vida y compartimos en la Posada Real de Santa María «la mejor paella del mundo», que firma el maestro Julián.

No sé si Antonio hizo la jornada como ambientación para el proyecto de ilustración de las Coplas o si este surgió del viaje. Enseguida, ya en Madrid, tuve el gusto de almorzar con él, con el gran estudioso y promotor del triángulo José Manuel Ortega y con el editor Diego Moreno, de Nórdica. Entonces sugerí la conveniencia de incorporar al libro una versión actualizada de las Coplas que, sin desvirtuar ni el espíritu ni apenas la letra (desde luego, jamás el sentido ni la métrica), sintonizase mejor con la modernidad de las ilustraciones. Sería un apéndice en letra chica que complementase el texto principal, para el que se propuso el del Cancionero de Hernando del Castillo.

Para mi sorpresa, el libro final contiene como versión principal y única la actualizada, esto es, la que he realizado tras décadas de investigación y promoción del maravilloso cancionero manriqueño. Como no es una edición erudita, allí no se explican los criterios seguidos en esta modernización, cosa que sí voy a hacer en el presente artículo. Pero hablemos antes del gran protagonista: las ilustraciones de Antonio Santos.

Desde una estilización que parece rehuir el lado más escatológico y macabro, Santos ha viajado al corazón de las Coplas, hasta la fugacidad, la caducidad, el río del tiempo, la decadencia y también, claro, los asideros de la luz y de las tres vidas (física, de la fama, espiritual o trascendente), que son temas recurrentes en este magno trabajo. Difícil por cuanto una cierta solemnidad catedralicia, como apunta en su prólogo José Manuel Ortega, suele acompañar las aproximaciones a don Jorge y su mundo. Sin esconder la calavera, las ilustraciones de esta edición alegran el texto, proponen un canto a la vida y una promesa de viaje (con sus contratiempos y sus gratas sorpresas), en sintonía con esa otra idea de la vida como viaje a una estación término a la que todos y todas estamos abocados y que también subraya el prologuista. Originalidad y singularidad son conceptos que me gustaría añadir al de modernidad. Como el Quijote, las Coplas es un texto siempre vigente, que habla al corazón de las personas. Como aquel, un libro inagotable, expresión de un cambio o fin no ya de época sino de era, que siempre ofrece y ofrecerá lecturas y matices nuevos. Precisamente por eso es un clásico vivo. Antonio Santos ha trabajado, entiendo, en esa línea, desde el respeto pero atreviéndose a tutear al inmortal poema de Manrique.

Sobre la modernización de las Coplas, decir que se detecta una anacrónica tendencia a sacralizar su transcripción escrita a base de insufribles arcaísmos (x por j, apóstrofos) análogos al tono solemne y sobreactuadamente grave de sus recitadores y rapsodas. Para mí, el exceso de solemnidad produce momificación del clásico y aleja posibles lectores, particularmente a las nuevas hornadas. En el campo de la ilustración, equivaldría a esas ilustraciones de las Coplas sacadas tópicamente de apocalipsis, con letras capitulares e imágenes sacadas de mamotretos varios del Medievo.

Quienes sostienen que las Coplas demandan la edición «de toda la vida» se equivocan totalmente. De hecho, tal edición simplemente no existe al no conservarse el manuscrito autógrafo: ya desde las primeras copias e impresos (estos, más numerosos y tempranos) las variantes fonéticas, morfológicas y sintácticas son la tónica, así como las lecturas erróneas o diversas (placeres/deleites, aquel tiempo/aquel siglo, amigo/abrigo, acaescen/contecen, troyano/Aureliano, truxieron/traxieron). Como escribe el investigador Pérez Priego, profesor mío que fuera en la Autónoma y reconocido medievalista, «no puede postularse un texto más autorizado de las Coplas». Y hay muchas variantes «que se explican por las propias posibilidades de la lengua y que no comportan por sí mismas error».

De hecho, una de las versiones más respetadas es la de Augusto Cortina, que actualizó ya en los años 1950 las Coplas. Mi versión va un par de pasos más allá (o mejor, acá). Entre otras novedades, en la copla XIX he permutado el calificativo «fabridas» (referido a vajillas), que nadie usa ni entiende en nuestros días, por «lucidas». Y en la XXIII, «atierras» o «aterras», por el giro «das en tierra». Esto obliga a singularizar en verso anterior guerras (hay antecedentes para otros versos, curiosamente, de la misma palabra). Lo que asumo con total responsabilidad: el XV, siglo magnífico, prerrenacentista, antesala de la modernidad, fue sin embargo en la península Ibérica un siglo de guerras constantes, tanto que es legítimo hacer un continuo de ellas: guerra. A los clásicos conviene sacarlos del polvoriento estante, pasearlos, comunicarlos, contrastarlos. Es lo que creo que se ha conseguido con esta edición que renueva el disfrute de las Coplas.

Castilla-La Mancha, desde el ya mencionado triángulo manriqueño pero no solo desde él (también Ocaña, Consuegra, Ajofrín, Montizón-Castillo de Villamanrique, Alcaraz y por supuesto Toledo), es clave en el impulso y la vigencia de Jorge Manrique. En nuestra tierra no solo compuso su obra y vino a morir sino que aquí libró sus más importantes batallas: Ajofrín, Uclés, el sitio de Garcimuñoz. Una edición innovadora y atractiva como la que ilustra Antonio Santos y edita Nórdica redimensiona e impulsa la vida y la obra del primero de los vates españoles, insertándola plenamente (en lo visual y en lo textual) en el siglo XXI.

(Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre, ilustraciones de Antonio Santos, versión modernizada de Antonio Lázaro, Madrid, Nórdika, 2021.)

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