la herencia política de la República romana




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En aquel tiempo, el salvador de la patria, el hombre que la libró de sucumbir, marchó camino del exilio perseguido por la sombra de la corrupción y falleció sin poder retornar; en aquel tiempo se desató el desafío soberanista en un momento de crisis implacable, y fue entonces cuando, quien detentaba el poder, decidió que era mejor no hacer nada, mirar hacia otro lado, dejar que el tiempo pasara y resolviera por sí solo la situación; en aquel tiempo, hubo quien hacía populismo promoviendo obras públicas y repartiendo tierras a costa de los más ricos, y quien promovió una ley de incompatibilidad en asuntos económicos para la clase política; en aquel tiempo, hubo quien hacía populismo también acusando a la clase política de corrupción generalizada, de connivencia con las grandes fortunas, y prometió en elecciones acabar con ello si llegaba al poder; en aquel tiempo, hubo quien hacía populismo por último, acusando a los inmigrantes de la degradación general, de la degeneración; en aquel tiempo, se fue imponiendo una cultura global, una estética hegemónica y una lengua universal.

Los nombres cambian, los tiempos se modifican, pero los problemas son análogos a los de aquella Roma de la República Clásica, hace unos dos mil doscientos años. Hoy no existe un Cayo Flaminio dispuesto a prometer tierras a la plebe, controladas por la clase senatorial o a crear un circo para espectáculos plebeyos. Existe quien habla de subir impuestos a los ricos para repartir riqueza y ofrecer más servicios sociales. Tampoco hay nadie dispuesto a excluir del comercio y del transporte a los senadores, a apartar a la clase política de los negocios empresariales, pero sí se habla de transparencia y de incompatibilidades.

Hoy no se vive una coyuntura de guerra, pero sí se ha atravesado por una feroz crisis económica en la que la segunda metrópoli del país ha encabezado el desafío soberanista de un territorio. Capua ya lo hizo antaño arrastrando con ella a Campania: se lanzó en manos cartaginesas con la esperanza de capitalizar Italia. Entretanto Roma sobrevivía gobernada por un Quinto Fabio Máximo que dio nombre a la cunctatio, el arte de una política en la que los problemas se resuelven sin hacerlos frente, mientras el tiempo corre en contra del rival desafiante.

Se ha abierto camino entretanto un tiempo global en que la cultura se uniformiza encontrando en una lengua extranjera -entonces fue el griego- el vehículo de una transmisión de amplio calado, de un torrente cultural que anegó el Mediterráneo y Oriente hasta los confines del mundo civilizado.

La República romana logrará salvarse de la gran amenaza cartaginesa gracias al ingenio militar de Publio Cornelio Escipión Africano, el patricio miembro de una dinastía aristocrática que accede al mando merced a un apoyo popular incondicional. Sin embargo, acabará sus días exiliado, acorralado por sus rivales políticos que denuncian sospechas de soborno a manos de un monarca de Próximo Oriente, Antíoco III. Sucumbe así ante el acoso de un populista que hace de la gestión transparente e íntegra del erario y los bienes públicos su bandera política. Se trató de Marco Porcio Catón, un hombre nuevo sin antepasados ilustres, que irrumpe contra la corrupción de la clase política, la nobilitas senatorial de la que pasan a formar parte él y su descendencia.

En aquel tiempo Roma era aún republicana y los cargos, además de ser colegiados, se renovaban anualmente, sin permitir apegos sostenidos ni alimentar aparatos de partido, Fue un sistema de democracia directa cada vez más restrictivo por hallarse depositado en una masa de ciudadanos romanos señora de un imperio de dimensiones crecientes. En el seno de la lucha política entre populistas y defensores de los intereses senatoriales, se fue trazando la senda para que emergieran los líderes que prometieron avanzar en igualdad y justicia. El establishment no lo soportó: la violencia de los poderosos se apoderó del escenario político, sojuzgó el sistema y lo abocó a soluciones tiránicas y dictatoriales que degeneraron en la autocracia cesarista e imperial.

La historia no es maestra de la vida, sino testimonio, memoria y juicio

La historia no es maestra de la vida, sino testimonio, memoria y juicio. Ofrece ejemplos, pero no proporciona recetas. Ni las coordenadas socio-temporales coinciden, ni hubo en el pasado soluciones adecuadas para los grandes desafíos del presente. En tiempos, en los que hasta la posmodernidad ha sido superada, ya nadie aguarda la llegada de un líder, aunque posea pies de barro como Escipión. Sin embargo, aún resta espacio para tradicionalismos fabianos y para populismos reaccionarios y xenófobos.

Y también para los otros, para los populismos que denuncian las prácticas corruptas: hoy, de lo que se ha dado en denominar la clase política; entonces, de la llamada nobilitas integrada por patricios y por plebeyos ricos con carrera política. Y hoy, como entonces, se advierte con preocupación la proximidad y la connivencia entre esa clase política y los sectores empresariales y de negocios, es decir, el orden ecuestre y los publicanos de antaño; y hoy, como entonces, se denuncia la apropiación indebida y un enriquecimiento ilícito; entonces, a través de adjudicaciones de contratos por parte de los censores y del acaparamiento por parte de los cónsules de las manubiae, una parte sustancial de los botines de guerra arrebatados por los ciudadanos, que han arriesgado su vida en la legión, al enemigo aniquilado.

Hoy las lecturas sociológicas académicas conciben el populismo como síntoma de la crisis de las democracias. Sin embargo, esta interpretación puede evocar las que hacía el orden senatorial cuando Cornelio Escipión Nasica argumentaba en el año 154 a.C. que se debía demoler el primer teatro de piedra que estaba en construcción. Era preciso evitar escenarios estimulantes a la agitación creciente de la plebe, del vulgo. El senado aprobó la moción. Se trata de una de las primeras iniciativas, inequívocas en su intención, promovida por un optimate, uno de «los mejores» hombres de Roma. Había en ello un desprecio implícito a la opinión popular, susceptible de dejarse arrastrar por discursos apasionados, populares: «demagógicos», se diría entonces con tono peyorativo.

El análisis podría ser análogo: hoy como entonces, el orden senatorial establecido se siente cuestionado. Pero se trata de síntomas, y los síntomas no deben ocultar la verdadera enfermedad, ni sus causas. Los discursos demagógicos prenden en la plebe manejable, pero el origen no radica en la estulticia de la masa. El fenómeno se reproduce cuando las desigualdades sociales se acusan de manera creciente; cuando el sistema ya no es capaz de ocultar el abuso de sus élites, practicado desde siempre y adormecido plácidamente, generación tras generación, en la molicie de la costumbre y la tradición establecidas; cuando el orden instituido se resiste, no ya a promover la igualdad, sino, sencillamente, a introducir factores correctores de la iniquidad.

*** Pedro Ángel Fernández Vega es profesor de Patrimonio Histórico-Artístico y de Arte Antiguo y Clásico en la UNED.

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