Sergi Doria: Perpetuo desierto catalán



Sergi DoriaBarcelona
Actualizado:22/11/2020 10:24h
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En «Las barbas del profeta» (Seix Barral) Eduardo Mendoza vuelve la mirada a la Historia Sagrada que incentivó su imaginación entre el verdor, casi parduzco, de aquellos pupitres escolares años cuarenta moteados de manchas de tinta. Las horas, recuerda el escritor, «transcurrían con lentitud de plomo» hasta que llegaba la clase de Historia Sagrada.

Aunque Mendoza no es creyente extrajo de aquellos episodios bíblicos provechosas enseñanzas para la vida; aprendió, según confiesa, «a distinguir lo imaginario de lo real, si por real entendemos el escuálido mundo material que nos limita».

Entre los capítulos de «Las barbas del profeta» nos llama la atención el de la travesía del desierto por su relación metafórica con la «escuálida» Cataluña que parasita el secesionismo. Escribe Mendoza: «Como sabemos, la travesía del desierto duró cuarenta años. Cuesta entender por qué. Una simple ojeada al mapa de la región pone en evidencia lo absurdo de la tardanza. Como su nombre indica, el desierto del Sinaí es un desierto y no ofrece ningún motivo para demorarse en él. ¿Cómo logró sobrevivir un pueblo entero en aquel páramo durante tanto tiempo? Al principio, con el maná y una fuente que Moisés hizo brotar con su vara. Pero luego, no se entiende. Si Moisés los guiaba y no supo orientarse mejor, deberían haberlo sustituido. Sólo sabemos que Jehová decidió prolongar la travesía para que una generación entera se consumiera. Ninguno de los que abandonaron Egipto entró en la tierra prometida. Ni siquiera Moisés…».

Disculpen la malicia de este lector, pero, teniendo en cuenta la tendencia del nacionalismo catalán a compararse con el bíblico pueblo elegido, el fragmento mendocino resulta alegórico. Llevamos cuarenta años desde que Pujol ganó las elecciones en 1980 y desde entonces se ha reiterado, con victimismo machacón, que Cataluña es una nación sin Estado que algún día alcanzará la «tierra prometida». Cómodamente instalado en la administración catalana, el pujolismo cultivó el «hoy paciencia, mañana independencia» mientras sus elites y compañeros de viaje se enriquecían (muchos de ellos, originarios de otras tribus que antaño denostaban al Profeta).

Y ya que cultivamos el lenguaje bíblico, y como la fe mueve montañas, el «pueblo elegido» ha vivido todo este tiempo del maná de la propaganda del régimen, las asesorías gubernamentales (carné en boca) y las redes clientelares (previo pago del 3 por ciento).

Al modo de «La vida de Brian», en esta ocasión el Moisés catalán se llamaba Artur. Por si no hubiera pocas evidencias de su bíblica mitomanía apareció en los carteles electorales haciendo el mismo gesto de Charlton Heston en «Los diez mandamientos»: con las manos alzadas para separar las aguas del Mar Rojo y franquear el paso hacia la «tierra prometida» (en este caso, la independencia). Se supone que Moisés Mas debería haberse orientado mejor. No fue así. Salir por las bravas de la España -democrática y europea- que ellos pretenden presentar como el tiránico Egipto de los faraones no era tarea fácil. Y fue en ese momento cuando el periplo a la Tierra Prometida se reveló a ninguna parte. El Moisés de la calle Tuset fue sustituido por otro Moisés de Gerona, más tribal y «fatxenda».

Como escribe Mendoza, toda una generación se consumió en la travesía del desierto y tampoco Moisés entró en la tierra prometida… Aquí, el primer Moisés anda de aquí para allá evacuando declaraciones contradictorias mientras escabulle el bulto ante los casos de corrupción del partido que contribuyó a camuflar bajo las siglas de PDECat; el cual, a su vez, se disgregó en otras formaciones.

El otro Moisés gerundense es un fugitivo de la Justicia por haber dado un golpe contra esa democracia europea que confundió con la tiranía faraónica. El resto de la tropa está dirigido por un llamado «Estado mayor» que pretende ser la voz en off, con el tono del Jehová de Hollywood, que guiará hacia la «tierra prometida». Ejemplo de que la «tierra prometida», los profetas independentistas la llaman también Ítaca, Dinamarca del Sur o República Catalana, no existe -lo advirtió un lúcido mosso- es la catastrófica ejecutoria de sus aprendices de brujo.

El pueblo -«poble», en lengua autóctona- al que sus guías hicieron creer que era el «elegido» se debate entre la ruina económica y la errática gestión de una pandemia que recuerda demasiado a las plagas de Egipto. En el último tramo de la travesía hemos constatado que sus mapas eran una filfa: ni las que pomposamente bautizaron como «estructuras de Estado» existían, ni hubo apoyo alguno de las instituciones europeas a su cambalache.

En el «Estado mayor» andan a la greña por acaparar la parte más sustanciosa del maná. Observamos con estupor que el engañado «pueblo elegido» no abomine de esta caterva de ventajistas: contra pronóstico, los disculpa. La «tierra prometida», que es más y más desierto: otra generación perdida entre espejismos y propaganda.

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