Peiró y Zugazagoitia… y Companys



Actualizado:18/10/2020 11:29h
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El 27 de noviembre de 1936 Juan Peiró, cenetista y ministro de Industria del gobierno republicano en Valencia, advirtió en una conferencia que la indisciplina en su sindicato llevaría a la derrota. Como Ángel Pestaña y, en su día, Salvador Seguí el Noi del Sucre, Peiró encarnaba la versión sensata del anarcosindicalismo.

Ejemplo de la meritocracia autodidacta, aquel obrero de la industria del vidrio que no pudo aprender a leer hasta los 22 años atesoraba la dignidad moral que permite decir la verdad, aunque no guste, a sus correligionarios. Si la guerra se prolongaba, como pretendía Franco, y no se asumía un mando único, la República acabaría mal.

Peiró y Companys

Los partidos actuaban como facciones gansteriles, denunciaba Peiró: «Anoche mismo pasaron por aquí setecientos camaradas catalanes, destinados a Cartagena; allí tenían cena preparada. Pero hoy han pasado ya de regreso, sin que nadie se lo impidiera, con el pretexto de que en Cartagena no se les había preparado alojamiento en los mejores hoteles…»

Peiró describía el reino de taifas que era el bando republicano. En Valencia, «el gobierno da una orden, y luego interfieren unas consignas de los comités locales. Para organizar todo, todo se desorganiza…» Y en la organización militar: «Es inadmisible que en el frente del Centro haya seis Estados Mayores independientes unos de otros. Puede haber uno en el Centro, otro en el Norte y otro en el Sur, pero todos supeditados a un Estado Mayor Central». (¿Nos suena en la presente pandemia?)

El conferenciante escuchaba en derredor un runrún de voces que manifestaban disconformidad. Con una economía a la baja no se ganaría la guerra: «A la tercera semana del movimiento, so pretexto de que la Generalidad había decretado la jornada de cuarenta horas, hubo un pleno de la Industria del Vidrio, a la que yo he pertenecido cuarenta años, que abogó por la jornada de veintiséis horas. Yo hube de levantarme a resaltar tal inconveniencia y convencerles de que era como lanzarnos al suicidio. Hube de considerarme casi traidor».

La retaguardia republicana era un negociado de pistoleros. Lamentaba Peiró las «venganzas personales y que algunos desaprensivos, falsos revolucionarios se dediquen al robo de una manera vergonzosa».

De todo lo que advertía Peiró había mucho en la Cataluña de Companys. Aquella semana, el President guardaba cama afectado de una -¿presunta?- amigdalitis; mientras, se abortaba un complot separatista para acabar con él, con Tarradellas y la cúpula de la CNT.

Organizado por Joan Torres Ricart, secretario de Estat Català, y el comisario de orden público Andreu Rebertés, con el apoyo de Acció Catalana, Unió Democràtica y elementos de Esquerra, el golpe pretendía sustituir a Companys por el presidente del Parlament Joan Casanovas que proclamaría la independencia.

Cataluña quedaría así separada de España y de la guerra: «Catalanizar la revolución» era para los golpistas negociar con Franco y Mussolini. Detenido Rebertés, cantó de plano: antes de ser asesinado, dio los nombres de Torres Ricart y Casanovas, que huyeron a Francia. «Aquí no son posibles repúblicas minúsculas, con protectorados de potencias fascistas. Esa pretensión, además de absurda, es ridícula y criminal», rezaba el editorial de Solidaridad Obrera.

Comenzaba la guerra dentro de la guerra que culminó en los Hechos de Mayo del 37 y la hegemonía del estalinismo. La erosión de los nacionalismos vasco y catalán prosiguió en 1938: viendo perdida la guerra, intentaron un armisticio a través de Gran Bretaña. El separatista Batista i Roca -otro con monumento y calle- se presentó en el Foreign Office como «amigo personal del presidente Companys, Jefe del Estado de Cataluña». Julián Zugazagoitia, ministro de la Gobernación entre 1937 y 1938, recuerda en «Guerra y vicisitudes de los españoles» (Tusquets) a un Negrín airado por la traición secesionista: «No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino… El que se oponga a la política de unidad nacional debe ser cesado de su puesto fulminantemente. Antes de consentir campañas nacionalistas que nos llevan a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición de la que se desprendiese de alemanes e italianos».

Detenido por la Gestapo y entregado al gobierno franquista, Zugazagoitia acabó fusilado en el Cementerio del Este: el 9 de noviembre hará ochenta años. Capturado también por la Gestapo, Peiró fue deportado a Alemania, extraditado a Madrid y encarcelado en Valencia. El falangista Luys de Santamarina le ofreció unirse al Sindicato Vertical. No aceptó: «Con mi muerte me gano a mi mismo», dijo poco antes de ser ejecutado en el campo de tiro de Paterna.

Companys, Peiró, Zugazagoitia… TV3 recuerda los fusilados del franquismo y olvida los fusilados bajo el gobierno Companys. Peiró y Zugazagoitia (el PSOE sanchista prefiere al bolchevique Largo), relegados a la letra pequeña de la Historia. Companys, sacralizado por politicastros antorchados como «Presidente mártir».

Sergi DoriaVer los
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