«Si ya la situación era mala, tras una pandemia mundial no hay tiempo para soñar»



Selene Sánchez
Actualizado:02/08/2020 03:48h
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Este testimonio bien podría ser un tutorial sobre cómo perder la ilusión cuando aún no has llegado ni a los 30 años. Es tan espeluznante como real, pero estamos tan hechos a la situación que ya no nos sorprende que una joven de 26 años no tenga ilusión alguna por su situación profesional.

Y os preguntaréis, ¿qué tiene que ver el coronavirus en todo esto? Pues básicamente “gracias” a él, y a todas y cada una de las horas que he pasado confinada, he podido analizar mi situación y reflexionar sobre la mala suerte de mi generación.

Yo tenía ilusión, ganas, muchos sueños. Estaba haciendo feliz a mis padres porque estaba estudiando una carrera, que por supuesto “es pasaporte directo” a la estabilidad. Estudié periodismo con buenos resultados, aunque salí de la carrera y al día siguiente ya no recordaba una palabra de lo que me habían enseñado en la facultad. Me sentía indefensa porque ya no era estudiante, pero en ese momento empezaba lo bueno. Pero lo bueno no llegaba. Tuve unas prácticas en televisión que no me enseñaron demasiado y que por supuesto no me dieron trabajo, así que decidí volar lejos de casa.

Me fui a Londres, aprendí inglés. Bien, pensé, el paso número dos para triunfar en la vida es hablar otro idioma. No iba mal entonces.

Al volver a mi país, con 22 años y casi cero experiencia como periodista, decidí dar el paso tres hacia el éxito: estudiar un máster. Con el dineral que le costó a mi pobre madre pagarlo, seguro que serviría para algo. Entré en una conocida emisora de radio en Madrid a hacer prácticas. Era maravilloso, daba las noticias en los informativos y me sentía realizada, plena, feliz…Bueno, me pagaban 200 euros quitando la comida del comedor, pero qué más daba, ¡era periodista!

Terminó mi período de prácticas y mi corta carrera tocó fondo. Llegaba a las últimas fases de numerosas entrevistas y siempre pasaba algo, terminaba por no encajar o incluso me llegaron a reemplazar en un puesto por una persona que era sobrina del jefe.

Así que me topé de bruces con la realidad. La vida laboral era dura y todo lo que me habían vendido era una farsa. Cumplo con todo aquello que dicen se debe tener para triunfar: estudios, idiomas, ganas…Pero no es suficiente para mi generación, los jóvenes.

Y ahora ha llegado el Covid. Gracias a mi inglés he conseguido hacerme un hueco como profesora para niños en una academia. Pero el coronavirus ha arrasado con todo y tuvimos que cerrar para pasar a dar clases online, trabajando día y noche preparando clases para niños de 4 años que a duras penas aguantan delante de la pantalla.

Ha sido un esfuerzo brutal y ojalá la gente valore el enorme esfuerzo de los profesores. Ahora estoy a la espera de que en septiembre las clases sean lo más normales posibles. De mi carrera de momento no queda ni rastro. Porque no puedo ponerme a hacer trabajos precarios sin cobrar, porque tengo que ayudar en casa. El maldito virus ha dejado en paro a parte de mi familia y dependemos todos de mi madre.

Si ya la situación era mala antes de todo esto, tras una pandemia mundial no hay tiempo para soñar. Muchos jóvenes nos tenemos que conformar con lo que hay. Soñar no es gratis, soñar hoy día duele. Yo diría que mi generación se enfrenta a la crisis más grave de todas, una crisis existencial que el coronavirus no ha hecho más que reafirmar.

* Selene Sánchez Carretero vive en Dos hermanas, Sevilla.

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