“El puritanismo amoroso y sexual ha hecho un daño espantoso a la izquierda”




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“Aunque el amor llegue un día, me da miedo que tan sólo sea esto; y, aunque el amor llegue un día, también me da miedo que sea mucho más”, escribió la nostálgica Sylvia Plath. Hasta al ser más insensible del planeta le obsesiona aquello que es universal para el ser humano. El amor llega para marcharse, pero se queda en la vida de uno por toda la eternidad.

Carlos Fernández Liria, filósofo, escritor y uno de los referentes históricos de aquel primer Podemos ha dejado a un lado la política (o no) para adentrarse en un libro que asume el reto de ser una iniciación a la historia de la filosofía a través del sexo. Y es ahí donde entra el amor y se entrelaza a su vez con la política y la filosofía para desembocar en Sexo y filosofía: el significado del amor (Akal).

Desde el campo de la estética y recurriendo a filósofos como Aristóteles, Kant o Hegel, acompañado de un sinfín de referencias a la música popular de nuestro país, Fernández Liria escribe sobre lo más serio de cuanto está al alcance de los seres humanos y conversa sobre ese mismo fenómeno en una entrevista concedida a EL ESPAÑOL.

A lo largo de tu carrera has escrito numerosos ensayos y libros de corte más político. ¿Por qué adentrarse ahora en el amor?

En el fondo el libro tiene también un carácter político. Yo hago una defensa de la filosofía como el proyecto político de la Ilustración y una de las puertas para entenderlo es ponerse a pensar en aquello que significa el amor cuando estamos haciendo el amor.

A veces se entiende mejor la Declaración de los Derechos Humanos a través del sexo. En todo caso, en todos mis libros anteriores he defendido que la tríada fundamental de la filosofía es la verdad, la justicia y la belleza. He insistido mucho en la justicia y la verdad en mis libros anteriores y ahora quería centrarme en la belleza. Lo que a uno le sale de la belleza es la propia experiencia del amor.

¿Qué significa que la declaración de los Derechos Humanos se comprende mejor por la vía del sexo?

El libro comienza prácticamente así. La historia de la filosofía se entiende mejor cuando te haces partícipe de una experiencia profunda. La única que está al alcance de todo el mundo y que hacemos una vez en la vida como mínimo o, si tienes suerte, muchas veces, es eso que llamamos follar (o coger en Latinoamérica). ¿Qué dicen las canciones de amor? ¿Qué dicen Los Chunguitos o Conchita Piquer? Te das cuenta de que todas las letras de amor consisten en redactar algo parecido al segundo artículo de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

Una declaración de amor nunca consistiría en decir algo así como “Te quiero pero porque soy blanco, si fuera negro ya no te querría” o “te quiero porque soy pobre, si fuera rico no te querría”. Una vez nos enamoramos nada de eso cuenta. El amor siempre, sin darse cuenta, con el cruce de dos miradas, es como si redactara la Declaración de los Derechos Humanos. Algo que ha costado siglos implantar lo hace el amor en un instante.

Mencionas en el libro que el sexo y el matrimonio apenas tienen relación.

Antropológicamente es una evidencia. Casi siempre, históricamente, los matrimonios han sido contratos entre familias, alianzas entre clanes etc. Realmente, el sexo tiene muy poco que ver con el matrimonio. Ambas cosas las intentó unir el cristianismo. El sexo y el amor también habría que discutir si guardan relación o no. De todos modos, a mí me interesa saber lo que significa amor cuando estás follando. Es decir, cuando estás haciendo el amor.

¿Qué quieres decir en el libro cuando hablas de “follar como astros”?

Es una de las partes del libro que llevo barajando desde que tengo 20 años. Es una interpretación de Aristóteles. Cuando haces el amor buscas algo que te tiene que completar de forma plena y absoluta. Si un ser es perfecto, sería un motor inmóvil. Nos movemos para poder conseguir quedarnos quietos; para parecernos a dios y ser perfectos. Los ángeles, por ejemplo, no tienen sexo porque ya lo son. No necesitan moverse. Aristóteles habla de que por debajo de la luna todos buscan algo. Todo se mueve. Los animales, las plantas y todos los elementos buscan ese reposo de los seres perfectos en la definición de lo universal.

Pero el ser humano es una excepción. En lugar de buscar la plenitud en lo universal, lo busca en lo particular; busca enamorarse de alguien concreto. Eso hace que el ser humano sea una especie de blasfemia en el mundo de la naturaleza. Se enamora de lo particular y eso es la experiencia del amor. Te enamoras de cómo alguien se mueve en el mundo. Los seres humanos por lo visto, cuando copulamos, en lugar de buscar lo universal, hacemos como si ya lo tuviéramos, y seguimos copulando. Los seres humanos somos capaces de copular como copularían las estrellas si pudieran copular.

Escribió Erich Fromm que en una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la que el éxito material constituye el valor predominante, no hay motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de trabajo. Vemos más de lo mismo en Zygmunt Bauman. ¿Se han convertido las relaciones actuales en prácticas que responden a dinámicas del consumo material y capitalista?

Últimamente se dice mucho eso de que compramos parejas por Tinder y otras aplicaciones al igual que compramos otros productos por Amazon. A mí no me cabe duda de que esto es una liberación. Qué más hubiera querido yo en mi juventud que tener una red social donde pudiera elegir con quién voy a follar esa misma noche. 

Tengo amigos de derechas que me dicen que hemos caído en la trampa del liberalismo con esto del amor libre. Es cierto que se puede malinterpretar o utilizar de forma negligente pero es para mí, sin duda alguna, un progreso.

También hablas en tu libro sobre que la izquierda tacha al amor romántico de patriarcal, heteronormativo y, en general, tóxico. ¿Piensas que el amor romántico es machista?

He colocado en el libro un trozo de una entrevista de Fernando Savater en relación a su libro La peor parte (Ariel), que trata sobre la muerte de su mujer Sara Torres Marrero. Fue un libro que realmente me conmovió y mira que yo he sido crítico con Savater. Pues bien, a él le preguntaban sobre esta nueva lectura de la izquierda de si el amor romántico es un efecto del sistema patriarcal. “¡Váyanse a tomar por culo! Si el amor no es romántico, qué es, ¿mecánico?”, respondió él.

El amor es lo que diga Conchita Piquer, no lo que diga un determinado partido político que acaba de leer el Libro Rojo de Mao

Yo creo que un poco de sensatez a lo Savater hace falta. El amor tiene que ser romántico necesariamente. Otra cosa es que el romanticismo solo pueda ser a lo Walt Disney —esa historia de amor donde el hombre rescata a la princesa y se van a vivir a un castillo donde ella cocine para ambos y él disfrute de la vida—. Puede ser un amor a lo Lord Byron o a lo Goethe. No va a haber un movimiento de izquierdas que enmiende la plana a Shakespeare. El amor es lo que diga Shakespeare. También me vale Dostoyevski o hasta las canciones populares. El amor es lo que diga Conchita Piquer, no lo que diga un determinado partido político que acaba de leer el Libro Rojo de Mao. Esas lecturas sobre amor y sexo son pura revolución cultural que genera una especie de puritanismo que ha hecho un daño espantoso a la izquierda. El amor es lo que es. Si te gusta bien, si no, peor para ti. Tú puedes inventarte otra cosa distinta pero no lo llames amor. 

Esta nueva lectura es un esquema muy simplista e ideológicamente pervertido. Decir que el amor romántico es un efecto del patriarcado y que hay que inventar algo nuevo seguramente termine en algo que ya está inventado: lo que se inventará será la sexualidad de los abuelos.

El feminismo también ha entrado en el análisis del amor y del sexo. Hay movimientos feministas que critican, por poner un ejemplo, las relaciones que puedan darse entre un hombre mayor y una joven que apenas supere los 20 años. Se habla de un patrón generalizado a lo largo de la historia y de dinámicas de poder. ¿Qué piensas acerca de esto?

Las feministas en este momento están muy peleadas entre sí. Por ejemplo Clara Serra estaría muy en contra de esta versión puritana del feminismo. Pero por otra parte, Clara Serra está considerada “mala feminista” por la sección denominada TERF. Yo, desde luego, creo que ha habido cierto veneno moralista en el feminismo que ha acabado en el puritanismo. No veo qué problema hay en que una persona de 50 años esté con una persona mucho más joven. Siempre se habla de hombres más mayores pero yo, que he sido profesor en un instituto, he visto la otra versión: alumnos jóvenes acostándose con sus profesoras. 

Precisamente, una declaración de amor, que consiste en que no te importe el sexo, la edad o la raza, tampoco debería contemplar la edad. El amor está por encima de esas cosas. Pero claro, ahora resulta que según el moralismo vigente no se te permite hacer ciertas cosas. El amor no es políticamente correcto. Clara Serra decía que no existen deseos feministas. El deseo es algo demasiado incontrolable para poder ser encasillado dentro de lo políticamente correcto. Otra cosa es lo que hagas tú con ese deseo. Puedes tener un deseo totalmente incorrecto, incluso delictivo, y lo que hagas con ese deseo puede consistir en montar una obra de teatro en un local sadomasoquista o sencillamente dedicarte a violar personas por ahí. Lo que hagas con tu deseo sí que puede ser juzgado moralmente, políticamente y judicialmente. Pero los deseos no pueden ser educados.

Por lo que aprecio en esta conversación y en tu libro defiendes que el amor es inabarcable, incontrolable e imposible de delimitar.

Insisto mucho en el carácter abismático del amor. Escapa a la razón porque enmudece y no sabe qué decir. La razón no puede manejar técnicamente al amor. Pero a su vez pienso que el amor te enseña a razonar y a ser libre. Una vez enamorado no te importa si eres espartano, ateniense o persa; o ser rico o pobre, hombre o mujer. “Libre soy contigo, libre soy / Como el viento libre, libre soy /Soy feliz contigo, soy feliz / Junto a ti”, cantaba Tijeritas. Una persona enamorada no tiene la sensación de esclavitud, sino de haber encontrado por fin la libertad.

Escribía la socióloga Eva Illouz en Por qué duele el amor que el amor es una experiencia que supera y excede la voluntad, una fuerza irresistible que no se puede controlar pero que una vez entrada la modernidad y la racionalización del amor, las dinámicas machistas se han reducido en tanto en cuanto el fenómeno se ha apoyado en el ideario de la igualdad de género.

No conozco ese libro, pero creo que no me gustaría. Está llamando razón a un cálculo instrumental para poder seguir viviendo. Yo comienzo el libro diciendo que el amor y la vida se ignoran por completo. El amor te sumerge en un abismo en el que pide lo que la gente dice cuando folla. “Mátame”, “Haz conmigo lo que quieras”, “Ojalá no amanezca nunca”. Son cosas que se dicen enamorados pero que luego nunca se llevan a cabo porque hay que seguir viviendo. El amor excluye los cálculos.

El imperio de los sentidos es una película de los setenta con un argumento muy sencillo. Un hombre y una mujer se meten en la cama y no pueden parar de follar. Son incapaces de salir de la cama. Entonces, deciden matarse en la cama el uno al otro. Yo a eso sí le llamo amor. Pero claro, eso es la experiencia del amor sin hacer ningún tipo de cálculo. Yo, en el libro, busco recetas para que el amor sea compatible con la vida. Evidentemente hay que razonar y saber cómo actuar cuando uno está enamorado pero yo distingo entre el estar enamorado y el problema de cómo gestionar ese enamoramiento en tu vida.

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