Covid-19: una ola de desconfianza



La economía española -la más castigada del entorno europeo, con un 18,5 por ciento de caída del PIB en el segundo trimestre del año- no puede soportar más errores de gestión. Tampoco medias verdades. Si la confianza está en la base del crecimiento, las dudas que el Ejecutivo se ha encargado de sembrar desde el mismo comienzo de esta crisis sanitaria han abonado de incertidumbre el terreno de nuestra economía, transformado en un páramo en el que, sin previsiones moderadamente sólidas, sin planes consistentes de reconstrucción, pocos se atreven a sembrar la semilla de la riqueza y el empleo. El daño está hecho, pero la recuperación todavía es posible, aunque sea de largo recorrido y en forma de uve asimétrica, como ya reconoce el propio Ejecutivo.

La cadena de brotes y contagios que desde hace días salpica y sacude la geografía española nos traslada a una situación muy similar a la del pasado mes de abril, cuando la denominada «hibernación» hundió nuestro tejido productivo y paralizó los servicios y el comercio. El cambio en los patrones de edad de las víctimas del Covid-19, ahora más jóvenes y en su mayoría asintomáticos, y el refuerzo de los servicios sanitarios, muy desigual entre las distintas comunidades autónomas, transmiten una falsa imagen de seguridad que, a mayor abundamiento, los responsables de Sanidad tratan de desdramatizar. Ya lo hicieron el pasado invierno, cuando negaron la posibilidad de que la pandemia nos afectara. La misma estrategia llevó a La Moncloa a negar, también en invierno, cualquier consecuencia económica del Covid-19. Es la falta de credibilidad, ganada a pulso por el Ejecutivo, la que lastra los planes de inversión y recuperación de las empresas. Las diecinueve víctimas que, fallecidas en las anteriores veinticuatro horas, reconoció ayer la Generalitat de Cataluña exceden el umbral de toda normalidad, vieja o nueva. No puede haber confianza sin el reconocimiento expreso de la realidad -sanitaria y económica- a la que nos enfrentamos.

Quizá no estemos ante esa segunda ola de la pandemia que ya intuyen y temen muchos expertos. El problema es que los diagnósticos de quienes debieran certificar el avance real de la enfermedad están viciados desde hace meses por los sesgos políticos. No es ciencia, sino propaganda. El propio Ejecutivo, el que se felicita por haber salvado la vida de 450.000 personas y haber evitado una caída del PIB del 25 por ciento, según sus cálculos, da muestras de su frivolidad al ignorar sus propias campañas de prevención con baños de masas como el del pasado miércoles en el Congreso. Sobran los aplausos y falta humildad; la verdad escasea y la confianza desaparece, dentro de España y en un mercado exterior del que dependemos para salir de nuevo a flote. Maquillar la realidad solo funciona a medio plazo, pero no es precisamente el Gobierno el que debe ganar tiempo, sino las empresas que aún pueden generar riqueza y empleo en un país devastado y de nuevo asomado al abismo de la enfermedad.

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