pidió la prueba varias veces antes de ingresar “grave”




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“El sagrario puede quedarse sin flores pero ningún pobre se va ir sin un bocadillo de esta parroquia”. Ése era el lema del párroco Manuel García Barrio, el primer sacerdote de la Iglesia Católica que ha muerto por coronavirus en España a los 76 años de edad. El presbítero se suma así a la larga lista de fallecidos por Covid-19, que ya ha provocado que 4.145 personas pierdan la vida en este país -según las cifras conocidas este jueves-. Pero la marcha de Manuel, además, deja huérfana a la parroquia del Divino Pastor, situada en la madrileña localidad de Móstoles, tras 27 años a su cargo.

El párroco Manuel, nacido en Carrascosa de Abajo (Soria), llevaba desde el martes 10 de marzo confinado en su apartamento de la casa parroquial -pegada a la citada iglesia mostoleña- porque tenía unas décimas de fiebre. “Cuidaba mucho de su salud porque en este último año había tenido hasta tres operaciones de vejiga a causa de un tumor y cuando le dio la fiebre, decidió llamar al centro de salud, donde le dijeron que tomase paracetamol y que, de momento, no podían hacerle la prueba”, explica Alberto Arrastia, vicario de la parroquia Divino Pastor, en conversación telefónica con EL ESPAÑOL.

Fue cuando el párroco Manuel, recordado entre sus feligreses por “ayudar a los indigentes y drogodependientes del barrio”, decidió aislarse totalmente. Sólo una mujer le hacía la compra y se la dejaba en la puerta de su domicilio. El cura, consciente de la situación, no quería volver a acercarse a nadie. Ni a su hermana, con quien tenía una buena relación, ni a Alberto, el vicario que vivía un piso justo debajo suyo.

Fachada del Hospital Rey Juan Carlos de Móstoles, donde falleció el párroco Manuel.

EP

Manuel estaba solo, padeciendo los estragos del Covid-19. Pero recibía llamadas de la gente que lo quería. De su hermana, del vicario Alberto o de feligreses como el matrimonio Rafael y Rosa, con quienes tenía una profunda amistad desde hacía años. Hasta este domingo, cuando Manuel dejó de atender sus llamadas. Durante la madrugada del domingo al lunes, el sacerdote soriano fue traslado a la unidad de Urgencias del Hospital Rey Juan Carlos de Móstoles.

Allí, por fin, le practicaron la prueba del coronavirus, la misma que había solicitado en varias ocasiones durante su aislamiento. Dio positivo y la tarde del lunes el sacerdote entró en “estado crítico. Por ello, quedó ingresado”, según Alberto. Pero Manuel aguantaría una noche más. El día siguiente fue difícil para la hermana de Manuel y para Alberto: las informaciones que llegaban a cuenta gotas sobre el estado de salud del presbítero eran contradictorias: unas decían que “estaba mejor” y otras que no.

“Ya nos llamaron y nos dijeron que se estaba muriendo”, asegura el vicario de la parroquia del Divino Pastor. La hermana de Manuel, rápidamente, se presentó en el Hospital Rey Juan Carlos y, ataviada con una bata, mascarilla y toda la protección,  pudo hablar con Manuel unos minutos. “Estuve cinco minutos con él. Estaba fatigado, pero nunca olvidaré su cara de sorpresa. No esperaba verme ahí”, contaba la mujer a Alberto. La madrugada de este martes al miércoles, Manuel perdería la vida como consecuencia del coronavirus Sars CoV-2. “Pero por lo menos se pudo despedir de su hermana”, explica Alberto, sereno, pero con la tristeza de la reciente pérdida.

La trayectoria de Manuel

Pero el hombre “entregado a los feligreses y a los indigentes”, en palabras de Rafael Real, feligrés y amigo de Manuel desde hace casi 30 años, tuvo una larga vida dedicada a labor sacerdotal. Fue ordenado el 18 de marzo de 1967 en el Seminario de El Burgo de Osma, una localidad situada a 20 kilómetros de Carrascosa de Abajo, el pueblo natal de Manuel. De hecho, José Crespo, familiar del sacerdote, cuenta a este diario que  “Manolo nunca olvidó su pueblo pese a tener 15 habitantes en el año y 100 en verano. Iba cada verano un mes o mes y medio para reunirse con familiares, amigos y vecinos de toda la vida”.

El párraco Manuel ofrece una homilía en su parroquia de Móstoles.

Jessica Teclemayer

Pero Manuel, desde muy joven dejó de residir en esa pequeña localidad soriana. Tras recibir el sacramento de la orden sacerdotal, se comprometió con el movimiento obrero durante su juventud y fue destinado, como párroco, a muchos pueblos sorianos como Almarail o Alparrache. Después, la vida y el sacerdocio llevarían a este presbítero a Valencia, donde sería párroco en localidades como Ayora o Zarra. Sin embargo, no viajaría solo hasta allí. Manuel se llevó consigo a sus padres “a quienes cuidó hasta su muerte. Su madre, Angelita, murió hace cinco años y su padre hará unos 20”, explica Rafael, amigo de Manuel durante tantos años. Tantos que los dos se han visto envejecer mutuamente.

Por ello, a Rafael se le entrecortan las palabras al recordar tantos momentos juntos.  “Las últimas veces que nos vimos Manuel, Rosa [su mujer] y yo impartíamos cursos prematrimoniales en la parroquia para los futuros novios. La verdad, éramos muy cercanos. Eso fue hace unas semanas”, se sincera Rafael.

Pero Manuel y Rafael se habían conocido ya en Madrid pues el presbítero, acabada la etapa en la Comunidad Valenciana, por fin aterrizó en la Diócesis de Getafe (Madrid). Le dedicaría la mayor parte de su vida. Manuel estuvo primero en una parroquia del barrio de Las Margaritas, en Getafe, y después se haría cargo de la parroquia mostoleña del Divino Pastor. El obispado getafense “lamenta profundamente su pérdida”.

Cada año volvía a casa

Pero a pesar de haber abandonado su Carrascosa de Abajo natal y haber vagado durante tanto tiempo por infinidad de parroquias españolas, el cura Manuel cada año volvía a casa. Todos los meses de junio, Manuel iba al pueblo. Necesitaba descanso de su labor cuidando de sus feligreses mostoleños. En ese tiempo, cuidaría a los de su pueblo.

El párroco Manuel, cuando iba a Carrascosa de Abajo, celebraba misa semanal para sus vecinos.

Santiago Saiz

La visita de Manuel era especial para este pueblo de la España vaciada. El motivo: “sólo hay dos sacerdotes en El Burgo de Osma. Y, claro, tienen que repartirse entre los pueblos cercanos a este municipio, como Carrascosa, y sólo les dan misa dominical una vez al mes. Pero cuando Manolo viene celebra la Eucaristía cada domingo”, explica el familiar del sacerdote fallecido, José Crespo.

Manuel, no obstante, no sólo iba al pueblo a celebrar las misas, sino que también sabía pasárselo bien. Según José, el sacerdote cada noche se reunía con los vecinos del pueblo para pasar largas veladas jugando al guiñote, “un juego de cartas mezcla de la brisca y el tute propio de Soria y Zaragoza”, mientras saboreaba su tabaco negro de la marca BN.

El párroco Manuel, juega en su pueblo al guiñote (juego de cartas), durante una de sus estancias.

Santiago Saiz

Pero de día, Manuel, amante de la naturaleza y “hombre de campo”, como lo definen algunos, se daba largos paseos por la vega del río y allí hablaba con cada agricultor que encontrase a su paso. “Se interesaba mucho por los cultivos y su regadío”, recuerda con cariño José. También, ha desvelado a este periódico que Manuel siempre tenía muchos monaguillos voluntarios para dar la misa. “Claro, a todos los niños que íbamos a Carrascosa desde Madrid, Barcelona o Burgos nos daba cinco duros (25 pesetas) y un poquito de vino y nosotros encantados de ayudar a Manolo en la labores parroquiales”, recuerda.

Este año, sin embargo, el párroco Manuel ya no volverá en junio a Carrascosa de Abajo para oficiar la misa semanal, ya que ha sido víctima del coronavirus, que está dejando muchos estragos en España. Pese a ello, el sacerdote ahora descansa en paz junto a sus padres en el cementerio de Móstoles.  Pero queda en el recuerdo de sus allegados, quienes coinciden en la “humildad y bondad innata” de este cura.

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