El viaje épico de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el conquistador esclavizado por los indios




Noticias relacionadas

“Y en este tiempo yo pasé muy mala vida, así por la mucha hambre como por el mal tratamiento que de los indios recibía, que fue tal, que yo me hube de huir tres veces de los amos que tenía, y todos me anduvieron a buscar y poniendo diligencia para matarme, y Dios nuestro Señor por su misericordia me quiso guardar y amparar de ellos”. Ese es el relato del conquistador apresado, del poderoso reducido a mero esclavo, al que hasta despojan de sus ropas.

Se trata de un extracto de la confesión literaria de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, héroe a su modo del siglo XVI, un hidalgo más que se embarcó hacia lo desconocido del Nuevo Mundo en busca de fortuna, que redactó a su regreso a España en 1537. Le dio el título de Naufragios, y esas memorias se revelan en una de las más fascinantes crónicas de Indias que arrojaron la conquista gracias al realismo que vierten sobre esas misteriosas civilizaciones, que terminarían por elevar a nuestro protagonista a una suerte de dios.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca —nacido hacia 1485—, un jerezano huérfano que se crió al amparo del duque de Medina-Sidonia, buscó en su aventura trasatlántica mayor gloria que la que había logrado en diversas campañas militares en Italia y en África. Se sumó como tesorero y alguacil a la ambiciosa expedición de Pánfilo de Narváez, bendecida por el rey Carlos V para tomar en su nombre los infinitos territorios de la Florida. La empresa se terminaría convirtiendo en una épica odisea de nueve años, a la que sobrevivió de milagro y sobreponiéndose a un calvario continuo.

La figura de este atípico conquistador regresa a la actualidad gracias a una obra de teatro de José Sanchis Sinisterra y dirigida por Magüi Mira que ha estrenado esta semana el Centro Dramático Nacional. La puesta en escena interpreta libremente la historia de Cabeza de Vaca y despliega un paralelismo con los “indígenas” del siglo XXI que llegan a las costas europeas huyendo de la hambruna y “descubren la crueldad del racismo”, en palabras de la directora. También sumerge al espectador en la pesadilla que tuvo que significar para los expedicionarios españoles ese periplo de esfuerzo y miseria.

El proyecto de Narváez fue uno de los más desafortunados de la carrera expansionista del Imperio español. Unos seiscientos hombres, entre ellos Cabeza de Vaca, zarparon de Sanlúcar de Barrameda en cinco naves el 17 de julio de 1527. Los infortunios pronto abordaron a la flota: en Cuba, 140 tripulantes desertaron; más tarde, otro temporal añadió importantes bajas humanas y materiales. Finalmente, alcanzaron tierra en la Florida el 12 de abril de 1528. Pero el drama no había hecho más que consumir su prólogo.

Un viaje transformador

Enfrentado con su superior por el temerario movimiento de internarse en tierra inhóspita abandonado las naves, la razón terminaría decantándose del lado de Cabeza de Vaca. Pero entonces ya era demasiado: solo cuatro hombres de los que integraban inicialmente la expedición lograron sobrevivir. Y lo hicieron a pesar del hambre que no curaban los mordiscos de raíces, recorriendo unos 18.000 kilómetros a pie y desnudos por las selvas, siendo apresados y maltratados por varias tribus indígenas.

Lo más inverosímil de esta historia —además de que el cronista, un noble, no se abstiene de describir los palos y golpes que le propinaron—, es la evolución en el tratamiento y la interpretación que hace Álvar Núñez en sus Naufragios sobre las particularidades de los indios. Empieza resaltando que “mienten muy mucho, y son grandes borrachos”, que son “muy holgazanes” y “matan a sus mismos por sus sueños”, para luego ofrecer una panorama menos apocalíptico.

El conquistador dice aprender hasta seis lenguas de los nativos —no impone la suya a los conquistados—, y termina dibujándoles como seres más humanos: “Es la gente del mundo que más ama a sus hijos y mejor tratamiento les hacen; y cuando acaece que a alguno se le muere el hijo, llóranle los padres y los parientes, y todo el pueblo, y el llanto dura un año cumplido (…) Y cuando ya están desenojados y sin ira, tórnanse a su pueblo, y de ahí adelante son amigos como si ninguna cosa hubiera pasado entre ellos”, escribió.

En esos casi nueve años de aventura que transcurrieron desde la isla de Mal Hado (Galveston, Texas) a la Nueva Galicia (Nueva España), a Cabeza de Vaca le daría tiempo de cambiar su estatus de esclavo al de chamán y curandero de los indios. Incluso salvó la vida de uno de ellos con una operación a corazón abierto para extraerle una flecha que se le había clavado en la espalda. Por aquel entonces era ya casi más “bárbaro” que cristiano.

¿Cómo logró regresar? “El viaje duró unos diez meses, atravesando la actual Texas y cercanías, cruzando el río Bravo hasta alcanzar lo que hoy es El Paso; desde allí y de nuevo a través del río, prosiguieron por Sonora hasta San Miguel de Culiacán, culminando en México, desde donde partieron rumbo a España en 1537 con un botín en oro y plata de 300.000 castellanos”, explica la historiadora Carmen Borrego en la entrada del conquistador en el Diccionario Biográfico de la RAH. “Habían trascurrido diez años desde que se comenzase este alucinante y penoso viaje por el Sur de los actuales Estados Unidos”.

La segunda odisea

No había nadie en 1537 que tuviese un abanico tan amplio de conocimientos sobre los indios. Y por eso mismo, ya de vuelta en España y tras redactar sus Naufragios, la Corona le permitió a Álvar Núñez lanzarse a una nueva conquista: la del Río de la Plata, tierra todavía sin pacificar, como había sucedido con la Florida. Con él iba su inseparable Estebanico el Negro, uno de los cuatro supervivientes del periplo norteamericano. Partieron de Cádiz el 2 de diciembre de 1540 y llegaron a Santa Catalina (Brasil) el 29 de marzo de 1541.

Tras abrirse paso a machetazos por la selva virgen y contemplar la belleza de las imponentes cataratas del Iguazú, los conquistadores españoles arribaron a principios de 1542 a Asunción (Paraguay). Y allí todo se torció para Cabeza de Vaca: al intentar imponer medidas proteccionistas para con los indígenas —como evitar los abusos sexuales que continuamente sufrían las mujeres nativas— los colonos terminaron por sublevarse contra su mando. Las conspiraciones entre los españoles serían exitosas y se saldarían con el aprisionamiento durante casi un año de Álvar Núñez.

Perdió todos sus bienes —incluso llegó a sufrir un intento de envenenamiento— y abandonó definitivamente las Indias en 1545. Desembarcó en Cádiz “herido en lo más profundo de su orgullo y, de nuevo, con las ilusiones deshechas” y ordenó escribir sus Confesiones, una especia de continuación de los Naufragios. Sería nuevamente enviado a la cárcel, juzgado y desterrado en Orán, aunque de esta pena saldría indultado. Murió en 1559 pobre y fatigado, con una vida de película a sus espaldas. No sometió a ningún imperio, para la suya es una gesta tan a recordar como las de Hernán Cortés o Francisco Pizarro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *