el infierno de las mujeres en Auschwitz




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Charlotte Delbo no necesita recordar todo el tiempo que está hablando de Auschwitz. Eso sí, esta superviviente del exterminio, un raro ejemplo de la literatura que surgió sobre los campos de concentración, llamó a su trilogía Auschwitz y después.

Su narración es sencilla, poética en la desgracia pero sobre todo desgarradora. Casi sin adjetivos que no se necesitan cuando los hechos son tan bárbaros. Y todo lo debe a la memoria, esa a la que maldice al final de uno de sus relatos porque no la deja abandonar la lucha, morir, pero que le permitió escribir meses después de ser rescatada cómo fue su infierno y el de miles de mujeres en estos campos con Ninguno de nosotros volverá (Libros del Asteoride), reeditado coincidiendo con la conmemoración, este lunes, del 75 aniversario de la liberación de Auchswitz. 

Esta joven francesa, de origen italiano, llegó al infierno que los nazis cavaron en Polonia el 24 de enero de 1943 junto con 230 mujeres, la mayoría, como ella, miembros de la Resistencia gala. Las primeras líneas de su libro narran el momento de “la calle de la llegada, la calle de la partida”. Filas separadas de hombres y mujeres con niños que “creen que han llegado al infierno” pero ignoran “que a esta estación no se llega”.

Una mujer con sus niños, siendo conducidos a una cámara de gas de Auschwitz.

Yad Vasehem

El humo de la carne quemada de quienes avanzan desnudos delante de sus hijos no hace sospechar a quienes esperan pacientemente para poder entrar en la puerta de la muerte sobre cuál es su verdadero destino. “Esperan lo peor, no esperan lo inconcebible”, asegura Delbo.

Entre griegos, polacos, alemanes, franceses, intelectuales, obreros, recién casados, rabinos, comerciantes…. están los más pequeños. “Está la niña pequeña que agarra su muñeca a la altura del corazón, las muñecas también se ahogan”.

“Solo los que entran al campo saben de inmediato qué ha sido de los otros y lloran por haberlos dejado en la estación (…) y se dicen que habría sido mejor no entrar nunca y no saber nunca”.

No es la primera vez en el libro, y en su memoria, que Charlotte Delbo invoca la sanación de la muerte, una amiga que se sienta todos los días en su barracón. De hecho, entre todas sus compañeras, sólo volvieron 49.

Discriminación en el infierno

Las dos partes de la trilogía que conforman este libro están llenas de relatos cortos que completan la vida colectiva de las más de 130.000 mujeres que estuvieron en el campo de concentración con escenas de una cotidianidad dolorosa.

No es una sino todas las que cuentan “el olor de la carne que arde”, el perro que devora el cuello de una mujer, las cabezas rapadas, apretadas unas contra otras, los gritos que no oímos, el bloque 25 que hacía de purgatorio antes del infierno final, la nieve, el fango, la sed que vende a la razón y la humillación de sentirse una cobaya entre experimentos médicos.

“‘¿Qué mujeres de entre veinte y treinta años han tenido hijos vivos?’ Hay que renovar las cobayas del barracón de los experimentos. Las griegas acaban de llegar. Nosotras llevamos aquí demasiado tiempo. Varias semanas. Demasiado flacas o demasiado débiles para que nos abran el vientre”.

En aras de la verdad no son las únicas que participan. Delbo describe la llegada de un convoy de hombres a la enfermería de mujeres, y eso que los chicos “cuentan con un revir que es mejor que el nuestro”, porque la discriminación se puede dar igualmente en el infierno, y el dolor que vieron a la salida.

Un grupo de mujeres y niños a su llegada a Auschwitz.

Yad Vashem

“Cómo expresar el sufrimiento en sus gestos. La humillación en sus ojos. A las mujeres las esterilizan con cirugía. ¿Y qué más da? Si ninguno de ellos volverá. Si ninguno de nosotros volverá”.

Ni la pierna ortopédica de Alice, que sigue viva mientras muere; ni la mujer que agoniza entre gritos de silencio de la vigilante, ni el hedor a diarrea y a carroña… “Estábamos muertas para nosotras mismas”, “mil veces” muertas cada una.

Sin embargo en abril de 1945 fue rescatada del campo de Ravensbrück a donde la habían trasladado un año antes. Fue en su ingreso hospitalario en Suiza para tratar de volver a la vida cuando escribe estos tres relatos.

“¿Por qué he conservado la memoria? ¿Por qué esta injusticia?”, se lamenta cuando llega la primavera en el campo y recuerda el sabor de la hierba en su boca. Hoy Charlotte Delbo es una de las pocas voces femeninas que han contado el desgarro de las mujeres que también sufrieron Auschwitz. Bendita memoria.

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