De actos minoritarios en la calle a reunir a miles de seguidores



Paloma CervillaSEGUIRMADRID
Actualizado:11/11/2019 03:00h
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Hace menos de un año, Santiago Abascal organizaba sus actos electorales en plena calle, subido a un banco y con un megáfono. No más de diez o veinte personas se paraban a escucharlo e incluso en los mítines solía recordar con ironía que incluso tenía algunos figurantes que se le acercaban y cuando terminaba de hablar se retiraban.

Era el hijo pródigo del Partido Popular, que luchó contra la amenaza de ETA a su familia, y que dejó el partido molesto por la gestión que éste hacía de la política antiterrorista.

Un año después, los asistentes a los mítines del presidente de Vox en esta campaña electoral se contaban por miles: siete mil en Valencia, cinco mil en Sevilla, tres mil en Barcelona… Era la novedad en la política española, rodeado de un público entregado, que asistía a unos actos electorales amenizados con himnos militares.

Unos simpatizantes entusiasmados que, con su bandera de España y su orgullo de ser español, arropaban a un hombre al que han encumbrado como el dirigente político de una derecha sin complejos, que sueña con amenazar la hegemonía del PP en el centro-derecha.

Abascal es ya el tercer líder político más importante del país. El presidente de un partido, al que nadie le discute su liderazgo interno, y llamado a gestionar un caudal inmenso de votos de miles de ciudadanos, que le han dado su confianza en muy poco tiempo.

Uno de los frentes que tendrá que gestionar Abascal a partir de ahora es su relación con el Partido Popular. Con 52 escaños, ya no es el partido minoritario que se quedaba fuera de las instituciones para intentar influir desde allí. Su buena relación con Pablo Casado facilitará el entendimiento.

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