Peter Handke, al encuentro de la duración



César Antonio MolinaActualizado:11/10/2019 01:05hNoticias relacionadas

Peter Handke es uno de los grandes escritores del siglo XX. Novelista, poeta, ensayista, guionista y él mismo director de cine, todo lo ha abarcado y excelentemente. Además es uno de los escritores internacionales que mejor conoce nuestro país y nuestra cultura. Algunos de sus libros han sido escritos entre nosotros y están llenos de referencias a nuestra historia, paisajes, literatura y, sobre todo, sobre nuestra mística. A mí, si tuviera que elegir entre toda su bibliografía, lo haría sobre El poema de la duración. En él se encuentra condensado todo su pensamiento poético-filosófico.

En toda persona existe el tiempo que fluye externamente a ella y que se le impone, y el tiempo personal que se configura a base de instantes creados por la intuición. Estos son quienes conforman la memoria individual. Un tiempo pasa, mientras que el otro dura en la persona que lo recibe y lo transmite con la misma fuerza. Handke, en casi todos sus libros, siempre ha salido a la búsqueda de ese instante pasajero que es como el rayo de una revelación. En este largo poema narrativo continúa la misma peregrinación que había iniciado ya, fundamentalmente, en dos textos anteriores: Cuando desear todavía era útil y La doctrina del Sainte-Victoire. El primero de ambos era una mezcla de poemas, ensayo, fotografías y libro de viajes por el infierno de la ciudad moderna: el barrio de La Défense de París. A partir de entonces la transformación de Handke comenzó a dar sus mejores frutos y uno de ellos –me refiero ya no a las obras de carácter puramente narrativo, sino a estas otras en donde lo poético se mezcla con el pensamiento- es La doctrina del Sainte-Victoire. Su huida del cemento se materializa en la búsqueda de los paraísos perdidos. En la obra anteriormente mencionada, el paraíso de Cézanne. En Poema a la duración, los suyos propios. Handke fue a St. Antonin, un pueblo del sur de Francia en donde el pintor en sus últimos años “gustaba perderse allí”, en medio de una naturaleza frondosa, buscando el motivo y repitiendo una y otra vez la misteriosa montaña. Ahora él, en este escrito, nos ofrecía los motivos propios. Los lugares de Handke no son lugares importantes, sino más bien sitios recónditos en donde, curiosamente, se reencuentra con una naturaleza a punto de extinguirse.

La duración, el instante, la memoria, el recuerdo, o la revelación no los encuentra Handke en el estatismo, en la contemplación, sino en lo que él llama «peregrinaciones laicas» que, sin lugar a dudas, tienen un guiño con las que Eliade llamaba «profanas»: «El hombre que opta por una vida profana no logra abolir del todo el comportamiento religioso». Handke apresa, libera, salva esos instantes del otro tiempo, del real, de aquel que cubre con su manto de estratos la memoria suya personal, y la del mundo, también hecha a base de estas memorias individuales. Handke busca el instante ya no como los poetas de otros tiempos a través de objetos puros, sagrados sino a través de los profanos, de los cotidianos, de los restos de lo que fue abolido. Handke construye su propia cosmogonía a base de los fragmentos sueltos que deja el tiempo arqueológico que es uno y todo.

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