La locura verdiana se apodera del Teatro Real con Plácido Domingo para despedir la temporada



A Juana de Arco se le cayó un pendiente al final del segundo acto. La historia cuenta que la campesina y guerrera francesa, un símbolo de la lucha contra los ingleses, fue quemada en la hoguera tras ser condenada por la Inquisición, que la había acusado por herejía. Ahí se engrandeció el mito al que este domingo volvió a dar vida el Teatro Real a través de Giovanna d’Arco, una de las óperas menos conocidas de Giuseppe Verdi.

La soprano italiana Carmen Giannattasio no parecía, ni mucho menos, una campesina. Ataviada con suntuosos y espectaculares trajes, salió al escenario para dar vida a la doncella en en un reparto que contaba además con el tenor Michael Fabiano, en el papel del rey Carlos VII. Fue él quien recogió el pendiente caído tras una de las dramáticas escenas de honor, amor y patria de la obra. 

Aunque la soprano y el tenor son los protagonistas indiscutibles de la ópera, no tuvieron más remedio que compartir foco con Plácido Domingo, o Plácido a secas, como le conocen sus admiradores. Encarnó como barítono a Giacomo, padre de la heroína. En otras ocasiones, en Madrid se le ha aplaudido nada más salir al escenario, antes incluso de que cante una nota. Y siempre se le aplaude después, y mucho, que es lo que ocurrió en esta ocasión.

Plácido es también un mito, para la ópera en general y en España en particular. Su presencia en los escenarios de medio mundo a sus 78 años es casi un milagro. Incluso aunque su voz ya no sea la de antaño. “Es mucho más que un cantante. Es un comunicador”, explicaba en una entrevista con EL ESPAÑOL James Conlon, director músical de la Ópera de Los Ángeles, que llevó la batuta al frente de la Sinfónica de Madrid este domingo y lo hará de nuevo en las dos funciones que quedan. 

Una obra difícil de representar

Giovanna d’Arco se ofreció en versión concierto, sin puesta en escena. La ópera se representa poco, en parte por su libreto, que no lo pone nada fácil. Es de Temistocle Solera, que fue en 1851 director artístico del mismo Teatro Real aunque en realidad se iba ofreciendo a otros muchos teatros, en un ejemplo de caradura quizás más propia de Falstaff, otro personaje verdiano. Como recuerda en el programa de mano el director artístico del Real, Joan Matabosch, “hay que lamentar que Verdi no recurriera a un libretista con menos ambición y más talento”.

En esta historia, Juana de Arco no es acusada de hereje por la Inquisición, sino por su padre. No muere en la hoguera sino en el campo de batalla. Y una vez muerta, resucita como si nada antes de subir a los cielos. Todo en cinco minutitos. Cosas de la ópera que sólo la emoción que imprime Verdi pueden hacer digeribles. 

Las versiones en concierto permiten al público conocer partituras como la de Juana de Arco, la séptima de las 26 que compondría Verdi, que no se programa nada a menudo. La explicación está en que es mucho más fácil (y barato) interpretarlas prescindiendo de la escena. El riesgo de este formato se materializó el domingo en el Real con algún sobresalto. A la obra parecían faltarle por lo menos un par de ensayos que no se hubiesen racaneado si fuese una de las apuestas de la temporada.

Un Plácido Domingo desigual

Los cantantes se agarraron demasiado a la partitura. Domingo pareció tener dificultades en más de una ocasión para seguirla, algo que desdibujó su personaje pese a la teatralidad que le puso en el momento. No es la primera vez que le pasa y al hoy barítono se le perdona todo porque ha dado todo y más al público durante medio siglo. Sin embargo, cada vez son más las voces que se preguntan si debe ser más selectivo e invertir más en los papeles con los que recorre el tramo final de su carrera como cantante.

Fabiano estuvo en su sitio con una gran voz, ancha, con autoridad y presencia. La sorprando Giannattasio también dejó patentes sus cualidades, aunque en algún momento se dejó llevar hasta algunos excesos que le hicieron perder pie y eficacia, además del pendiente. Su personaje, protagonista absoluto, es el más complejo. La música acompaña a sus meditaciones, dudas y tormentos. Pero superó la prueba. 

Uno de los momentos del concierto.

Javier del Real / Teatro Real

Desde el foso, Conlon compensó con oficio tratando de liderar a la orquesta y amoldarse a las ondulaciones de los cantantes. El coro, con una gran presencia, demostró sin partitura personalidad y potencia. Como en otras óperas de Verdi, es un personaje más, que expresa la ira condenatoria del pueblo, su misericordia o sus ansias de guerra. Una de las altos se lo tomó al pie de la letra, moviéndose constantemente al son de la música, y regaló con lo bien que se lo estaba pasando más de una sonrisa al patio de butacas. Se convirtió, sin saberlo, en parte de la puesta en escena que faltaba. 

El resultado fue muy aplaudido en el Real porque los artistas, la orquesta y el coro, más allá de ciertas partes cogidas con alfiler, tenían calidad suficiente para no ensombrecer la partitura. Domingo no saludó él solo al público sino con el resto del elenco. Eso impidió otorgarle la ovación que quería el patio de butacas, que se conformó con aplaudir a rabiar una de sus arias. 

Verdi se convirtió, con la intensa Giovanna d’Arco, en el gran rey del teatro. Tan solo unas horas antes, sobre el mismo escenario, se representó de nuevo Il Trovatore, que seguirá hasta el 25 de julio. Con estos dos títulos, el Teatro Real dice adiós hasta septiembre tras una temporada llena de buenas noticias que marca el final de las conmemoraciones del bicentenario. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *