el mito que oculta la verdad




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Al habla Napoleón Bonaparte, jactándose ante su hermano y futuro rey de España José I, del resultado de la revuelta: “Ha habido una gran insurrección en Madrid el día 2 de mayo; treinta o cuarenta mil individuos se han amotinado en las calles y casas, haciendo fuego desde las ventanas. Dos batallones de fusileros de mi guardia y cuatrocientos o quinientos caballos les han hecho volver a la razón. Han quedado muertos más de dos mil hombres del populacho. Se ha aprovechado esta ocasión para decretar el desarme de la capital”.

Menciona el emperador francés en su escrito solo bajas de varones, pero en aquella épica jornada retratada en los lienzos de Goya en la que el pueblo madrileño, mal armado y enérgico, se sublevó contra la invasión napoleónica, también fallecieron mujeres. Una de ellas fue Manuela Malasaña, una jovencísima costurera de 17 años, inocente, cuyo trágico final la ha convertido en símbolo, en la cara visible del heroísmo anónimo del pueblo llano que se mostró alérgico al dominio extranjero. 

Pero Manuela, o Manolita, como también la llamaban, es a la vez mito y realidad. Se la aupó al pedestal de heroína por su condición de mártir; y, sin embargo, no existe una única versión sobre su papel en los acontecimientos del 2 de mayo, ni tampoco sobre su muerte. ¿Fue víctima de una bala cruzada o la fusilaron contra una tapia por portar una pequeña arma? Varias son las teorías sobre la forma en que los franceses le arrebataron la vida a tan temprana edad.

‘Dos de mayo”, de Joaquín Sorolla.

Museo del Prado

Según el relato más extendido, Manuela Malasaña, nacida en 1791, habría fallecido durante la defensa del Parque de Artillería de Monteleón, situado en la actual plaza del Dos de Mayo, el único emplazamiento militar que apoyó la revuelta popular contra las tropas del mariscal francés Joaquín Murat. Ahí también dieron la vida por la independencia de su patria los capitanes Daoíz y Velarde o el teniente Ruiz, y tantos otros madrileños anónimos para las páginas de la historia.

En medio de la batalla, una bala de un mosquete francés habría impactado en el cuerpecito de la joven bordadora, que preparaba y servía los cartuchos a su padre, Juan Malasaña Pérez, nacido en Vallecas en 1759 y paradójicamente de raíces francesas, para que no se quedase sin munición. El hombre disparaba desde su casa de la calle San Andrés, defendiendo las puertas del cuartel de Monteleón, cuando su hija se le murió a a un palmo de donde él empuñaba un fusil.

Esta versión es la que relata el escritor e historiador Ángel Fernández de los Ríos en su Guía de Madrid, publicada en 1876, y que cuatro años más tarde plasmó en forma de terracota, titulada Muerte de Manuela Malasaña a los pies de su padre, el escultor Antonio Moltó y Lluch. La obra se conserva en el Museo de Historia de Madrid.

Las tijeras

Pero las actas de defunción de aquella jornada, conservadas en el Archivo de la Villa de Madrid, ofrecen otra versión de los hechos. Manuela Malasaña, cuya profesión se define como bordadora, fue fusilada, siguiendo las órdenes dictadas por Murat, por portar un arma sin permiso. Este hecho también ofrece una variante en cuanto a la fecha de la muerte de la joven: según su perfil en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, Manolita fue asesinada en plena calle por una patrulla francesa el 3 de mayo y no el 2.

‘Malasaña y su hija se baten contra los franceses’.

Museo del Prado

En cualquier caso, lo más probable es que Malasaña, que en dicho documento se dice que era huérfana, recibió al menos un balazo cuando regresaba de cumplir con sus tareas en el taller de bordado en el que trabajaba por llevar simplemente unas tijeras. Otras versiones dicen que la joven trató de revolverse y usar este utensilio para defenderse del intento de acoso de los soldados franceses que la prendieron. 

Sea como fuera, defensora del Parque de Artillería de Monteleón o como víctima derivada de la invasión napoleónica, la figura de Manuela Malasaña, su mito, su leyenda, se ha convertido en símbolo del coraje y la resistencia del pueblo madrileño, que ha honrado su memoria bautizando un barrio de la ciudad con su nombre.

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