“Hay muchas mujeres que llevan toda la vida siendo violadas por sus esposos”



La periodista y guionista Diana López Varela apunta y dispara: lo mismo lo hace mediante un corto satírico -no se pierdan Feminazi- que mediante un ensayo matador, No es país para coños (Península), publicado antes de la explosión del Me Too, mucho antes de que la industria editorial se enganchase a la teta del feminismo hasta dejarla seca, hasta forzarla a publicar centenares de tomos idénticos e irrelevantes ribeteados en morado. López Varela no juega a eso: cada una de sus líneas importa. Cada una de sus ideas sangra. 

Ahora viene a resquebrajar esa burbuja tan mona -y cruenta, a la vez- de la romantización de la maternidad. Viene a retratar a una generación de mujeres a la que se asfixia a preguntas, a la que -aún- se le monitoriza la vida, a la que se le insta a parir churumbeles para levantar la patria. Viene a rebelarse contra las exigencias de la sociedad, contra la violencia obstétrica de la sanidad pública, contra toda esa maquinaria que se aprovecha de los momentos de vulnerabilidad de las mujeres para cuestionarlas, para criticarlas, para hundirlas. Resopla enfadada y cita a la abogada Florynce Rae Kennedy: “Si los hombres pudieran quedarse embarazados, el aborto sería un sacramento”.

En Maternofobia (Península), la autora se enfrenta a esta corriente tan cool que anima a las nuevas madres “a regresar a sus casas bajo la gracia del amor maternal”; a ese imaginario tan severo que presiona a las mujeres a colocar la maternidad en el centro mismo de su vida -si no serán castigadas-. Lo hace con un ejercicio feroz de documentación, sí, pero también con una práctica intachable de honestidad: habla de sí misma. De su propia historia frente a un embarazo no deseado. 

“No pueden aprovecharse más de nuestro silencio histórico. Tenemos que hablar, hablar, hablar, hasta que no quede nada más que decir. Llevamos calladas demasiados siglos”, dice al teléfono. “Pienso en el testimonio de una mujer de 75 años que abortó con veintipico. Era de País Vasco. Se fue a Londres a abortar sola. Hay que mirarse en estos espejos. Ellas consiguieron vivir libres al margen de una sociedad patriarcal, en plena dictadura. Se enfrentaron al sistema. ¿Cómo no vamos a hacer nosotras lo propio con Casado y con Díaz Ayuso? Hay que hacerlo por la memoria de nuestras abuelas y nuestras bisabuelas. Hoy tenemos la posibilidad de escribir. Y de denunciar”. 

¿Por qué todavía existe la sensación en el imaginario colectivo de que si una mujer no es madre no es una mujer completa?

Bueno, esa idea existe en el imaginario social por los medios de comunicación, por los políticos, por las instituciones, por las empresas… porque los sectores de poder siguen vendiendo la imagen de una madre feliz, de una madre abnegada. Por supuesto, también el mundo cultural lo hace. Es algo que tardará cierto tiempo en revertirse. Ahora mismo creo que las redes sociales están haciendo un flaco favor en este sentido, porque son altavoces de una maternidad edulcorada que relaciona siempre la felicidad de la mujer con el ser madre. Cuando cumplí treinta años de repente Google puso en marcha su algoritmo y empezaron a asaltarme anuncios de Clearblue, y Youtube hizo lo mismo con sus mensajes subliminales… 

¿Qué hay del imperativo biológico? Es un poco asfixiante tener que tomar una decisión así en ciertos años clave. 

Bueno, cada vez existen más métodos para saltarse un poco ese imperativo. Hablo de la congelación de óvulos, por ejemplo. O ser madre soltera por elección. Creo que lo tenemos más fácil que hace un tiempo. También hay mujeres de 40 años que se quedan embarazadas sin ningún tipo de ayuda médica. La clave, en cualquier caso, es que no todo recaiga sobre los hombros de la mujer. Que no sea siempre la mujer la que se vea obligada a conciliar. Siempre hemos sido nosotras las que hemos renunciado o bien a nuestra carrera profesional o bien a tener hijos.

Es fundamental que los permisos sean iguales e intransferibles para hombres y mujeres, eso supondría un cambio radical en cuanto a la contratación y a las políticas de conciliación de las empresas. También afectaría a la redistribución de las tareas en casa. Durante mucho tiempo hemos demostrado que somos válidas en el mercado profesional, hemos conquistado el espacio de la empresa… y los hombres no han conquistado el espacio doméstico. No se encargan de los hijos ni de los mayores. Es normal que a nosotras la vida no nos dé a todo. Hay que regular el mercado laboral: las treintañeras no somos bien recibidas en los empleos, nos ven como a unas posibles gestantes con patas. 

El otro día, Laura Freixas decía que uno de los temas tabú que está dejando de serlo es hablar del aborto no como algo traumático, sino como un inconveniente vital que se arregla. Hay mujeres que lo viven así. ¿Cómo lo ves? ¿Parece una mujer una mala persona si aborta sin traumas?

Del aborto hay que hablar más en general. Es normal, por una parte, que se relacione el aborto con algo traumático: por las pérdidas gestacionales, por los abortos espontáneos de mujeres que querían ser madres y perdieron a sus criaturas… es doloroso, obviamente. Las mujeres que se someten a un IVE… no es un pastel. Es una decisión muy dura y un momento muy triste. Agradable no es. Nadie aborta por placer: las que se acaban sometiendo a eso es porque lo necesitan en ese momento. Hay que hablar del aborto para hablar también de la violencia obstétrica que lleva consigo. Yo en la sanidad pública la he vivido en mis propias carnes. También muchas mujeres que he entrevistado lo ha vivido así. Se aprovechan del tabú, del estigma y de la vergüenza de muchas mujeres que van solas a abortar para ejercer violencia obstétrica y psicológica en un momento de máxima vulnerabilidad. 

Además las mujeres que lo padecen no denuncian públicamente, porque cuando estás pasando por eso lo que quieres es acabar rápido e irte a casa. Yo concretamente creo que la ley de salud sexual y reproductiva no se está cumpliendo muy bien. El 80% de los abortos se realizan en centros privados. Dice la patronal que la mayor parte son derivados y financiados por la pública… pero mi experiencia con las entrevistas me dice que no es del todo así. 

¿Crees que afecta esa violencia por parte de los profesionales de la sanidad pública?

Sí. Entre sus obstetras y ginecólogos hay mucha objeción de conciencia. Eso está marcado por su carrera, lógicamente, porque es una carrera que han estudiado de manera patriarcal. No tendría por qué ser así. No entiendo que haya servicios de salud pública que ejerzan objeción de conciencia. Al negar el aborto la derivan a una privada… a otro hospital que no es su hospital. Soy incapaz de entender que haya objeción de conciencia en el servicio público con una ley sexual y reproductiva, sin consecuencias para esos profesionales. Cuando los policías o los bomberos se niegan a ejecutar un desahucio están despedidos al día siguiente, aunque a ellos les parezca injusto. Es como cuando las farmacéuticas se niegan a dar la píldora a las mujeres. La objeción de conciencia sirve para fastidiar a las mujeres y cuestionar nuestras decisiones.

En el libro, cuando hablas de tu experiencia personal con el aborto, te refieres al “cuestionado motivo de que fue un fallo de dos, fruto de la pasión”. ¿Por qué otros errores se exculpan en la vida pero el de mantener relaciones sexuales no seguras convierte a la mujer, y no al hombre, en una “fresca”? ¿Cómo te has sentido al respecto?

Yo me he sentido súperjuzgada: y se nos juzga porque somos las mujeres las que tenemos que dar la cara con este tema y enfrentarnos al sistema. Eso se absolutamente machista: ensañarse con las mujeres que niegan o luchan contra el mandato biológico de la maternidad. Hay personas a las que les espanta. Como decía la abogada feminista Florynce Rae Kennedy, “si los hombres pudieran quedarse embarazados, el aborto sería un sacramento”. Ahora en algunos sectores parece maravilloso que haya mujeres que paguen a otras mujeres para inseminarlas y tenerlas en granjas para que tengan a sus hijos: eso les parece más ético que abortar de 8 semanas a un embrión. Se nos juzga, repito, porque somos mujeres y porque los hombres desde que son jóvenes están absolutamente desligados de la cuestión de la anticoncepción. Es algo que no va con ellos. No están nerviosos o preocupados por evitar un embarazo no deseado o una ETS. Nos hemos responsabilizado siempre nosotras y ellos consideran que esto no es su problema. Te juzgan, te cuestionan y te machacan por ser mujer. Es una manifestación más del machismo imperante. 

Tuviste una mala experiencia con la ginecóloga. Decías que te “lanzó al pozo de la indignidad”. ¿Cómo actuarías ahora si volviese a pasar?

Es difícil. Una situación así de máxima vulnerabilidad… y de muchísima tristeza y mucha pena. Es un momento duro para cualquier mujer. Creo que si me volviese a pasar intentaría dar la cara. Le diría que si no es consciente de lo que está haciendo, de que no me está ayudando. Le preguntaría a la cara si pretende hacerme daño. A mí me dijo “bah, ya sólo tienen hijos las chinas…”. Insistió en darme una ecografía que yo no quería ver y que no me quería llevar. Es de una violencia absoluta y le pasa a un montón de mujeres. Creen que en nuestro corazón va a brillar esa luz de amor maternal que nos hará cambiar de opinión. No cuestionarían así a un hombre sobre una de las decisiones más importantes de su vida. 

¿Qué hay del chantaje del condón?

Bueno, yo creo que cada vez vamos a peor. Obviamente no lo sé de primera mano porque no tengo mucha relación con chicos jóvenes, pero los hombres de mi generación, que tienen entre 30 y 40 años, han sido vagos en ese tema y hemos tenido que insistir bastante. Espero que la gente joven esté concienciada. Para eso hace falta educación sexual; para que se responsabilicen. Desde luego, lo que tenemos que entender es que la mayor parte de la violencia sexual sucede en el seno de la pareja. Los violadores no son señores que te cogen en una esquina de la calle. Ese es un porcentaje ínfimo de las violaciones. Te violan tus familiares, tu marido.

Hay muchas mujeres que llevan toda la vida siendo violadas por sus esposos, y teniendo embarazos y abortando en contra de su voluntad porque ellos consideran que pueden hacer lo que les dé la gana con el cuerpo de las mujeres. Existe el chantaje del condón, sí, pero también el chantaje de la píldora. El “¿no tomas la píldora?”, cuando ya sabemos que ese método no nos protege de las ETS. Condenan a las mujeres a estar hormonándose 30 días al mes cuando somos fértiles 3 o 4 o 5. Vaya morro tienen los chicos. Les ha venido dado. Eso sí, sí que toman pastillas para que se les levante el pito cuando tienen 80 años, pero no para no quedarse embarazados. 

Leí que existían métodos anticonceptivos en forma de píldora también para el hombre pero que eran demasiado “agresivos” y que por eso no se habían implantado. 

Sólo son demasiado violentos para su ego. Si esto no funciona es porque si hay algo patriarcal, es la medicina. No funciona porque los hombres no están dispuestos a que se cuestione su virilidad. Aunque no deseen tener hijos en un momento x de su vida, relacionan su virilidad con su potencia sexual y con el hecho de que sus espermatozoides sean capaces de fecundar. Aquí volvemos a la violencia obstétrica. A las mujeres que no pueden tener hijos en pareja se las machaca, aunque los problemas de fertilidad no sean suyos. La mitad de los casos de infertilidad en pareja son culpa (aunque no es culpa de nadie) de problemas masculinos y la otra mitad, de femeninos. No es verdad que las mujeres seamos más infértiles que los hombres. Es una mentira absoluta diseñada para machacarnos. 

¿Qué hay de la alarma de la crisis demográfica?

Yo me temo que no van a convencer a ninguna mujer. Tener un hijo es una decisión muy importante. Al contrario que Pablo Casado y los dirigentes de Vox, las mujeres no somos tan generosas y no parimos para la patria, sino para nuestra felicidad. Pero siguen insistiendo en lo mismo. Me tienen loquísima: se preocupan los concebidos no nacidos y no por los niños en situación de pobreza. El 30% viven en los límites de la exclusión social y de la pobreza. Tenemos una tasa baja de natalidad porque vivimos mucho más; las personas de mi generación nos hemos incorporado al mercado laboral más tarde que nuestros padres, trabajamos hasta más mayores… una gran parte de los jóvenes viven con sus padres y se independizan tardísimo. Dependen de sus padres o de sus abuelos o cobran el desempleo.

Este país no consigue generar puestos para gente joven. Perpetúan la espiral de la pobreza. Parece que quieren que los pobres tengan hijos y que sus hijos sean pobres. Estaría bien que se preocupasen primero por reestablecer el Estado del Bienestar. No hacen falta más niños, eso es una chorrada de Pablo Casado. Son las migrantes las que están teniendo hijos y sosteniendo la natalidad en España, pero ah, ellas no les gustan: es incoherente, y racista, y machista. 

Escribiste un artículo llamado Andrea Levy, yo aborté. 

Sí. Las mujeres que están en el poder tienen que escucharnos, aunque seamos muy pesadas las feministas repitiendo esto: no pueden quitarles derechos a las otras mujeres. Es de una falta de responsabilidad, de ética, es una bajeza moral tremenda… están en el poder gracias a otras mujeres que pusieron la cara delante para que pudiéramos acceder a los espacios públicos y políticos. Me decepciona mucho que una mujer joven esté tan empeñada en quitarnos derechos. Si Andrea Levy necesitase abortar algún día (no sé si lo ha hecho, puede que sí), no le gustaría que la cuestionasen… Lo que está en cuestión no es si las mujeres vamos a seguir abortando o no (porque sí), sino en qué condiciones. Si podemos acceder a un aborto seguro y sin peligro para nuestra salud. Pero ellos quieren volver a la ley del 85. Hasta que cambió la ley, el coladero era la enfermedad mental. Las anomalías eran al riesgo para la vida de la madre y la enfermedad mental… bajo ese coladero las mujeres abortaban en España, pero quedaba registrado que estaban locas. Habían firmado un papel donde prometían tener un trastorno mental y ser incapaces de gestar y de criar a un niño. Quieren volver un poco a eso: al estigma. El aborto es penoso, triste y duro. No sé por qué hay quien prefiere que haya hijos no deseados y no queridos. No conviene a nadie. Ni a la sociedad ni a los niños. 

“Hay mujeres que rechazan a sus hijos”, escribes.

Sí, y parece que no quiere verse por culpa de la romantización de la maternidad. Cuando Betty Friedman escribió La mística de la feminidad a finales de los años cincuenta, se refería a que los seres humanos nos socializamos en la maternidad y la paternidad. Hay una parte biológica (la gestación, los primeros meses o años de vida del hijo, que es una cría mamífera), y una parte de socialización: no todos los animales quieren a sus crías. Es una imposición del género humano. Creo que está mal visto porque molesta que las mujeres sean las que lo digan. Lo de que los padres están cansados de la paternidad o que pasan de ella es algo que se ha comentado siempre. Este ideal de maternidad como “lo mejor que le puede pasar a una mujer en la vida” se promulga mucho desde la derecha, y desgraciadamente también desde cierta parte del feminismo. 

A mi generación les han puesto los estándares muy altos: nos exigen muchísimos recursos emocionales para ser madres. Da un poco de miedo no ser capaz de llegar a eso. No estamos instruidas en el cuidado, como estuvieron nuestras madres. Somos más despegadas. Y ya no me refiero a ser “malas madres”, sino a relajar la cuestión, a no poner siempre la maternidad en el centro de nuestra vida. Si obligamos a las mujeres a que dediquen el 100% de sus recursos a la crianza va a pasar como en los cincuenta o los sesenta: esto se va a llenar de mujeres deprimidas y con sensación de vacío. Y te digo vacío, porque los hijos están a nuestro cuidado unos cuantos años que pasan muy rápido y luego crecen y se van. Tenemos que estar preparadas emocionalmente para esas microdespedidas. 

Una cosa que me genera cierta repulsa es la sensación de que tener hijos se ha puesto de moda y es cool en redes sociales: dedicarle cuentas enteras de Instagram al niño, vender su vida, ponerle trapitos. Es como si fuesen mascotas. 

Lo decía Kate Millet: el amor ha sido el opio de las mujeres. Primero el romántico hacia los hombres. ¿Cuántas revistas consumimos nosotras sobre las virtudes y excelencias de estar enamoradas? En las redes sociales está pasando exactamente lo mismo con la virtud de amar a los hijos. Mira la influencia de Verdeliss. O de Chiara Ferragni. Ha convertido a su hijo en un reclamo. Tiene no sé cuántas páginas creadas por sus fans… compartiendo fotos del bebé, de la madre y del padre… luego vienen las sentencias. Los niños dejan de ser niños y denuncian a los padres por haber hecho una explotación comercial de su vida. O ‘Las ratitas’: sus padres han hecho de ellas un negocio. Yo creo que debería estar penado. Los padres (los adultos) no son propietarios de sus hijos; son sus cuidadores. 

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