Los zombies buscan wifi (y vísceras) en la América de Trump



George A. Romero demostró que los zombies eran mucho más que una panda de muertos vivientes que un día cualquiera salían de sus tumbas para comer el cerebro y las vísceras de la gente. Eran un reflejo de la sociedad, y de los problemas de cada momento. Los zombies eran, incluso, un acicate contra el consumismo, la alienación o el capitalismo. Dio la vuelta a la tortilla y convirtió un terror que muchos calificaban como menor en un acto de resistencia y activismo.

Jim Jarmusch es consciente de todo ello, y también es consciente de que el mundo se va a la mierda. Que como no nos pongamos las pilas “esto no va a acabar bien”, como no para de repetir el personaje de Adam Driver en Los muertos no mueren, la película con la que ha inaugurado el Festival de Cine de Cannes. El director se mantiene fiel a su ritmo, a su estilo y hasta a su humor, pero recurre a los zombies para radiografiar una sociedad que no es capaz de levantarse del sofá ni de cuestionarse nada.

La historia está ya vista, pero Jarmusch la trae al ahora, a la América de Trump y a una sociedad alienada por el capitalismo, por un liberalismo económico que nos aleja de quien tenemos al lado en pos del desarrollo. Los zombies de Jarmusch no quieren vísceras, quieren café, buscan wifi, van a las tiendas y de paso comen a unos cuantos humanos.

Tráiler de Los muertos no mueren

Por si la metáfora fuera poco evidente todo está provocado por el fracking polar, que ha hecho que la tierra se salga de su eje, y el pueblo donde ocurre todo es un reflejo de la América que vota a Trump encarnada por un redneck con el rostro de Steve Buscemi que lleva una gorra con lemas republicanos y ha puesto Ramsfield de nombre a su perro.

Los tortazos van para todos, también para una adolescencia polarizada entre el friki que vive enfrascado en sus referencias culturales, y los hipster modernos que miran por encima del hombro a la América profunda. Dos caras de un mismo país. Dos caras que no pueden evitar ser devoradas por los muertos viventes. Si encima uno de ellos es un icono teen como Selena Gómez todo tiene más retranca.

De camino Jarmusch se permite hacer su película más disfrutona, llena de metareferencias, gags casi de consumo interno, chistes sobre el guion del filme, y un reparto -capitaneado por Bill Murray- que se lo está pasando pirata. También guiños en forma de easter eggs (el primer muerto se llama Samuel Fuller) y cameos como Iggy Pop como el zombie adicto a la cafeína. Entre todos destaca Tilda Swinton, musa del director, y aquí como maquilladora de muertos que maneja la katana mejor que Uma Thurman en Kill Bill.

La política es más una distracción, no controla el planeta, son las grandes empresas las que lo controlan. Si todos boicoteáramos a una empresa por sus malas prácticas, se hundiría

En la rueda de prensa del filme Jarmusch reconoció que como todas las películas de Romero, la suya tenía una metáfora de la actualidad, pero que le había sorprendido la de referencias y mensajes que había encontrado la gente. “Romero cambió la idea de los zombies y de los monstruos, porque hasta entonces los monstruos como Godzilla venían de fuera de la estructura social, pero con los zombies por primera vez vienen desde nuestra estructura social y son víctimas también, y es muy interesante el hecho de que los zombies sean los víctimas y los monstruos”, ha dicho el realizador en la rueda de prensa.

Para él su gran terror es el “declive de la naturaleza a un ritmo sin precedentes”. “Es aterrador. Es esa especie de ineptitud a hacer frente a ese declive que afecta a todos los seres vivos, eso es lo que me perturba y me da miedo”, agregó y calificó el asunto como algo más que político, una cuestión de estado que nos afecta a todos y para la que llama a una revolución contra el sistema que da el poder a las grandes empresas: “Lo que cuenta es saber que tenemos una conciencia, saber dónde estamos y que hay relación entre todos los ecosistemas del planeta. La política es más una distracción, no controla el planeta, son las grandes empresas las que lo controlan. Yo soy tan culpable como todos, hago películas estúpidas con actores estupendos. Si todos boicoteáramos a una empresa por sus malas prácticas, se hundiría”.

La esperanza se encuentra en los raros, en los outsiders, como el ermitaño al que da vida Tom Waits o los jóvenes del correccional en los que deposita su esperanza un Jim Jarmusch que ha dado un pistoletazo de salida tan ligero como cargado de intención al Festival de Cannes.

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