los escándalos de Aubrey Beardsley, el pintor maldito



“Por supuesto, tengo un objetivo: lo grotesco. Sin lo grotesco no soy nada”, decía el artista Aubrey Beardsley (Brighton, 1872-1898). Y a pesar de ello volcaba verdad en cada uno de sus trazos locos, excéntricos, medio oníricos, porque contaba que él pintaba a los demás tal y como los veía. “Cuando voy al teatro, por ejemplo, las cosas se moldean ante mis ojos y las retrato así: la gente en el escenario, las luces, las caras extrañas y el atuendo de la audiencia. Todos me parecen raros. Las cosas siempre me han impresionado así”, contaba él mismo.

“¿Para qué sirve un retrato, si no es para mostrar cómo ve un pintor la vida? Antiguamente, antes de que llegara la fotografía, la gente tenía derecho a decirle al artista: ‘Píntame tal como soy’. Ahora, si quieren fidelidad absoluta, que acudan al fotógrafo”. Su esperpento particular era honesto, satírico y transgresor: todo su trabajo ponía en jaque a la sociedad victoriana de la época, revelando sus hipocresías, sus tabúes, su cuestionable moralidad.

Aunque nunca ha dejado de ser considerado un creador fundamental de Reino Unido, no ha acabado de cuajar como profeta en los museos de su tierra. Les asustó su “depravación”, su incorrección deliciosa. Se le expuso, pero siempre descafeinado, con pudorosa moderación. Se le enseñó en su versión más inofensiva. Por eso es tan reseñable que haya sido elegido para protagonizar la próxima temporada de la Tate Britain: ahora sí, ahora sin censuras. Beardsley renace en 200 de sus traviesas obras, y ya era hora.

La creación de un mito

Lo cierto es que el artista era un personaje en sí mismo y se encargó de cincelarse como mito en sus cortísimos pero prolíficos 25 años de vida, antes de que una tuberculosis lo sacase de este barrio. Él intuía que sucedería algo así, que su destello sería breve, y no le asustaba la idea: “No creo que viva mucho más que Keats”, comentaba, en alusión al poeta británico del Romanticismo -también murió con 25 años-. Profecía autocumplida.

El examen de The Herald.

Aubrey Beardsley.

Desde muy pequeño, apenas a los once, ya era considerado un niño prodigio por su faceta musical. Después trabajaría en una compañía de seguros y en la oficina de un arquitecto, antes de rodearse por el pintor prerrafaelita Sir Edward Burne-Jones y el simbolista Pierre Puvis de Chavannes, quienes le aconsejaron que se centrase en el arte. Recibió clases en la escuela de Westminster y al poco tiempo ya se había convertido en uno de los ilustradores ingleses más innovadores, yendo siempre a la contra: “Lo peor es la dolorosa ortodoxia de aquellos individuos que reclaman a Shakespeare como su poeta favorito, a Beethoven como su compositor favorito y a Rafael como su pintor favorito”.

El baño de Lampito.

Aubrey Beardsley

Su estilo estaba muy influenciado por el trazo japonés: pincel estilizado y grandes superficies blancas y negras. Es sinuoso, perverso y provocador en el mensaje. Más tarde se volvió barroco. Por ejemplo: cuando ilustró una edición privada de la obra de Aristófanes, Lisístrata, en la que se plantea una huelga sexual de las mujeres para parar la guerra civil. Ahí se intuye todo su imaginario decadente. O en su obra El baño de Lampito: ahí una mujer se calza unas medias, inclinada, mientras Eros, miembro en mano, le aplica unos polvos en el trasero.

Escándalo tras escándalo

El examen de The Herald es otra jugarreta a la moral tradicional: ahí un juez estudiando de cerca el genital erecto de un joven ateniense. Lysistrata Haranguing, una maravilla más: las jóvenes desnudas, que ejercen de oyentes, prefieren acariciarse entre ellas y adoptar posturas sensuales con los muslos que escuchar el discurso. El artista juega con las curvas, con el abultado vello púbico, con los ribetes de los cabellos de las hembras. Es más efectivo su trazo en blanco y negro que si fuese en color, porque resulta más tenebroso, más adulto, más sucio y obsceno.

Lysistrata Haranguing.

Aubrey Beardsley

Otro de sus trabajos más reseñables fue el que elaboró para Salomé, la tragedia de su amigo Oscar Wilde -quien diría de él que tenía “una cara como un hacha de plata, y el pelo verde hierba”-. Ambos se encontraron en la marginación, en la expulsión social. Tampoco la obra del padre de El retrato de Dorian Gray era muy aclamado entre el conservadurismo ambiental del momento: su texto había sido avasallado, repudiado por las masas.

Salomé.

Aubrey Beardsley

Sólo los lectores muy sofisticados alcanzaron esa edición, en la que Salomé aparece con la cabeza llena de serpientes, flotando sobre un estanque de lirios negros, contemplando la cabeza cortada de Juan Bautista, que gotea sangre. No son pocos los críticos que han colocado este trabajo del ilustrador a la altura de genios como Munch o Toulouse-Lautrec, por su ejercicio de simbolismo. Todas estas obras podrán verse en la Tate Britain, por fin, el año que viene: un talento rescatado de las selvas de la corrección política. 

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